Hay un pequeño libro, escrito hace ya casi un siglo, del que es autor el entonces director de la City of London School, reverendo Edwin A. Abbott. Aunque compuso más de cuarenta obras, todas ellas relacionadas con los temas de su especialidad, es decir, literatura clásica y religión, también ha escrito esta obra de apariencia insignificante, titulada Flatland: A Romance in Many Dimensions (Planolandia. Una historia fantástica en varias dimensiones), y es, por decirlo con la lapidaria observación de Newman, "su única protección contra el olvido total".
No puede negarse que Planolandia esta escrito en un estilo más bien llano; pero aún así, se trata de un libro muy singular. Singular no sólo porque anticipa ciertos conocimientos de la moderna física teórica, sino sobre todo por su aguda intuición psicológica, que ni siquiera su prolijo estilo victoriano consigue apagar. Y no parece exagerado desear que esta obra (o una versión modernizada de la misma), se convirtiera en libro de lectura obligatoria para la enseñanza media. El lector comprenderá pronto por que razón.
Planolandia es una narración puesta en boca del habitante de un mundo bidimensional, es decir, de una realidad que solo tiene longitud y anchura, pero no altura. Es un mundo plano, como la superficie de una hoja de papel, habitado por líneas, triángulos, cuadrados, círculos, etc. Sus moradores pueden moverse libremente sobre (o, por lo menos decir, en) esta superficie pero, al igual que las sombras, no pueden ascender por encima ni descender por debajo de ella. No hace falta decir que ellos ignoran esta limitación, porque la idea de una tercera dimensión les resulta inimaginable.
El narrador de nuestra historia vive una experiencia totalmente conturbadora, precedida de un sueño singular. En este sueño, se ve trasladado de pronto a un mundo unidimensional, cuyos habitantes son puntos o rayas. Todos ellos se mueven hacia delante o hacia atrás, pero siempre sobre una misma línea, a la que llaman su mundo. A los habitantes de Linelandia les resulta totalmente inconcebible la idea de moverse también hacia derecha o a la izquierda, además de hacia delante o hacia atrás. En vano intenta nuestro narrador, en su sueño, explicar a la raya mas larga de Linelandia (su monarca) la realidad de Planolandia. El rey lo toma por loco y ante tan obtusa tozudez nuestro héroe acaba por perder la paciencia:
¿Para qué malgastar más palabras? Sabe que soy el complemento de tu incompleto yo. Tú eres una línea, yo soy una línea de líneas, llamada en mi país cuadrado. Y aun yo mismo, aunque infinitamente superior a ti, valgo poco comparado con los grandes nobles de Planolandia, de donde he venido con la esperanza de iluminar tu ignorancia.
Ante tan delirantes afirmaciones, el rey y todos sus súbditos, puntos y rayas, se arrojan sobre el cuadrado a quien, en este preciso instante, devuelve a la realidad de Planolandia el sonido de la campana que le llama al desayuno.
Pero aquel día le tenía reservada otra molesta experiencia:
El cuadrado enseña a su nieto, un hexágono, los fundamentos de la aritmética y su aplicación a la geometría. Le enseña que el número de pulgadas de un cuadrado se obtiene sencillamente elevando a la segunda potencia el número de pulgadas de uno de los lados.
El pequeño hexágono reflexionó durante un largo momento y después dijo: “Entonces también me has enseñado a elevar números a la tercera potencia. Supongo que 3^3 debe tener algún sentido geométrico; ¿cuál es?” “Nada, absolutamente nada”, repliqué yo, “al menos en la geometría, porque la geometría solo tiene dos dimensiones” Y luego enseñe al muchacho como un punto que se desplaza tres pulgadas genera una línea de tres pulgadas, lo que se puede expresar con el numero 3; y si una línea de 3 pulgadas se desplaza paralelamente a si misma tres pulgadas, genera un cuadrado de tres pulgadas, lo que se expresa aritméticamente por 3^2.
Pero mi nieto volvió a su anterior objeción, pues me interrumpió exclamando: “Pero si un punto, al desplazarse tres pulgadas, genera una línea de tres pulgadas, que se representa por el numero 3, y si una recta, al desplazarse tres pulgadas paralelamente a si misma, genera un cuadrado de tres pulgadas por lado, lo que se expresa 3^2, entonces un cuadrado de tres pulgadas por lado que se mueve de alguna manera (que no acierto a comprender) paralelamente a si mismo, generará algo (aunque no puedo imaginarme qué), y este resultado podrá expresarse por 3^3”. “Vete a la cama”, le dije algo molesto por su interrupción. “Tendrías más sentido común si no dijeras cosas tan insensatas.”
Y así el cuadrado, sin haber aprendido la lección de su precedente sueño, incurre en el mismo error de que había querido sacar al rey de Linelandia. Pero durante toda la tarde le sigue rondando en la cabeza la charlatanería de su nieto y al fin exclama en voz alta: “Este chico es un alcornoque. Lo aseguro; 3^3 no puede tener ninguna correspondencia en geometría.” Pero de pronto oye la voz: “El chico no tiene nada de alcornoque y es evidente que 3^3 tiene una correspondencia geometría.” Es la voz de un extraño visitante, que afirma venir de Espaciolandia, de un mundo inimaginable, en el que las cosas tienen tres dimensiones. Y al igual que el cuadrado en su sueño anterior, el visitante se esfuerza por hacerle comprender la realidad tridimensional y la limitación de Planolandia comparada con esta realidad. Del mismo modo que el cuadrado se definió ante el rey de Linelandia como una línea compuesta de muchas líneas, también ahora este visitante se define como un circulo de círculos, que en su país se llama esfera. Pero naturalmente el cuadrado no puede comprenderlo, porque ve a su visitante como un circulo, aunque ciertamente dotado de muy extrañas e inexplicables cualidades: aumenta y disminuye, se reduce a veces a un punto y hasta desaparece del todo. Con extremada paciencia le va explicando la esfera que todo esto no tiene nada de singular para él: es un número infinito de círculos, cuyo diámetro aumenta desde un punto a trece pulgadas, colocados unos encima de los otros como un punto y al fin se transforma en un circulo de diámetro en constante aumento, para, a continuación, ir disminuyendo de diámetro hasta volver a desaparecer por completo.
Esto explica también el sorprendente hecho de que la esfera pueda entrar en la casa del cuadrado aunque este haya cerrado a ciencia y conciencia las puertas. Entra, naturalmente, por arriba. Pero el concepto de “arriba” le resulta tan extraño al cuadrado que no lo puede comprender, y en consecuencia, se niega a creerlo. Al fin, la esfera no ve ninguna otra solución más que tomar consigo al cuadrado y llevarlo a Espaciolandia. Vive así una experiencia que hoy calificaríamos de trascendental.
Un espanto indecible se apodero de mi. Todo era oscuridad; luego, una vista terrible y mareante que nada tenía que ver; vi la línea que no era línea; un espacio que no lo era; yo era yo, pero tampoco era yo. Cuando pude recuperar el habla, grité con mortal angustia: “esto es la locura o el infierno.” “No es ni lo uno ni lo otro.” Me respondió con tranquila voz la esfera, es saber; hay tres dimensiones; abre otra vez los ojos e intenta ver sosegadamente.
A partir de ese instante místico, los acontecimientos toman un rumbo tragicómico. Ebrio por la formidable experiencia de haber penetrado en una realidad totalmente nueva, el cuadrado desea explorar los misterios de mundos cada vez más elevados, de mundos de cuatro, cinco y seis dimensiones. Pero la esfera no quiere ni oír hablar de semejantes dislates: “No existe tal país. Ya la mera idea es totalmente impensable.” Pero como el cuadrado no ceja en sus deseos, la esfera, encolerizada, le devuelve a los estrechos limites de Planolandia.
En este punto, la moraleja de la historia cobra perfiles sumamente realistas. El cuadrado se siente llamado a la gloriosa tarea u acuciante tarea de predicar en Planolandia el evangelio de las tres dimensiones. Pero cada vez le resulta más difícil despertar en sí el recuerdo de aquella realidad tridimensional que al principio tan clara e inolvidable le parecía; además, fue muy pronto encarcelado por el equivalente de la inquisición de Planolandia. Pero en vez de acabar sus ideas en la hoguera, es condenado a cadena perpetua y encerrado en una cárcel que Abbott describe, con admirable intuición, como fiel contrapartida de ciertos establecimientos psiquiátricos de nuestros mismos días. Una vez al año, le visita en su celda el Círculo Supremo, es decir, el sumo sacerdote, para averiguar si mejora su estado mental. Y cada año, el pobre cuadrado no puede resistir la tentación de intentar convencer al Círculo Supremo de que existe realmente una tercera dimensión. Pero el sacerdote menea la cabeza y desaparece hasta el año siguiente.
Lo que Planolandia presenta es simplemente la relatividad de la realidad. Y por esta razón sería deseable que los jóvenes hicieran de esta obra su libro de lectura. La historia de la humanidad enseña que apenas hay otra idea más asesina y despótica que el delirio de una realidad “real” (entendiendo, naturalmente, por tal, la de la propia opinión), con todas las terribles consecuencias que se derivan con implacable rigor lógico de este delirante punto de partida.
La capacidad de vivir con verdades relativas, con preguntas para las que no hay respuesta, con la sabiduría de no saber nada y con las paradójicas incertidumbres de la existencia, todo esto puede ser la esencia de la madurez humana y de la consiguiente tolerancia frente a los demás.
Texto: "Es real la realidad?" - Paul Watzlawick